Una experiencia de altura

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Fernando Sierra, manager en la división de fiscal, nos cuenta su experiencia en el Kilimanjaro, Alpes, Cáucaso, Andes… ¿por qué subir montañas?

El pasado 1 de octubre estaba en la cumbre del Kilimanjaro. ¿Por qué subir montañas? Esa es la pregunta que aquellos que nunca han hecho montañismo suelen hacerte. Porque en ellas se vive con total intensidad y nos permite conocernos mejor a nosotros mismos. Ser conscientes de nuestros límites, fortalezas, debilidades… ser conscientes de nuestra temporalidad y de las cosas que son realmente importantes en la vida. Como tantas otras cosas, es algo difícil de entender si no se ha experimentado en primera persona.

Llevo más de 20 años haciendo montañismo intensamente. Formo parte de la AEGM (Asociación Española de Guías de Montaña). He tenido la oportunidad de realizar múltiples ascensiones por el mundo, lo que me ha permitido conocer no sólo lugares mágicos sino también personas increíbles y diferentes culturas que me han enriquecido enormemente a nivel personal. Muchos de los valores que están presentes en la montaña coinciden con los de la firma: diversidad (ser capaz de integrarse con personas de distintas culturas), independencia (es importante marcar tu propio camino y tomar las decisiones correctas; escuchar a los demás, pero tener un criterio propio), excelencia técnica (saber moverse en distintos tipos de terreno con soltura para poder superar las dificultades: hielo/mixto/roca), integridad (ética: más importante que subir a toda costa es cómo subimos. En los montañas de 8000 metros lo vemos claramente en el empleo o no de oxígeno artificial)… Por tanto, la montaña es una gran escuela para formarnos en muchos de los valores y principios que tendremos que aplicar en nuestra vida profesional si queremos estar al primer nivel.

Entre otras cordilleras fuera de nuestras fronteras he estado en los Alpes (Italia, Francia y Suiza), Cáucaso (Rusia), Andes (Ecuador, Chile, Perú, Bolivia y Argentina), Rocosas (Canadá) y en el Himalaya (Nepal). Por lo que se refiere a montañas, he estado entre otras en el Huayna Potosí, Cotopaxi, Chimborazo, Aconcagua, Mont Blanc, Cervino, Kilimanjaro, Ama Dablam, Everest, Elbrus, etc. En España me he movido por todos los sistemas montañosos aunque tengo especial predilección por los Picos de Europa.

En la montaña nunca se acaban las aventuras y retos personales, pues siempre quedan montañas por subir o montañas que queremos ascender por vías distintas o en invierno/verano. Algunas de las muchas montañas que están en mi lista de pendientes serían, por ejemplo, el Cho Oyu (Himalaya), el Denali (Alaska) o el Ojos del Salado (Chile).

La cumbre en sí misma nunca es la parte más importante de una expedición; al contrario de lo que podría pensarse es en el camino hacia la cumbre donde se acumulan las vivencias y experiencias que luego perduran en tu interior. Como en la vida, normalmente es en los “fracasos” donde uno más aprende y saborea la esencia del alpinismo; ese componente de aventura e incertidumbre, de saber que llegar a lo más alto es a veces muy difícil desde el punto de vista estadístico tiene gran parte de encanto para los que nos gusta subir montañas.

Para terminar, una frase de Alexei Bolotov (alpinista ruso ya fallecido) que resume bien lo que sentimos los que amamos las montañas: “Las montañas por sí mismas no significan nada, son sólo piedras y hielo. Quien les da vida es el ser humano al subirlas y hablar de ellas; al vivirlas les da entidad. No podría decir que el montañismo en sí es un deporte, porque aquí no hay mejores o peores. Esto no son los juegos olímpicos donde uno es más rápido por tres segundos o porque ha saltado dos centímetros más. Aquí lo importante es que cada uno sea consciente de los límites de su cuerpo. Además, la fama que consigues con el deporte, para el alpinista no significa nada. Eso que llaman ‘gloria’ para el alpinista no existe. Esto no es fútbol o tenis. No da dinero. Por eso no vamos ahí arriba en busca de éxito, vamos porque es lo que nos da vida”.

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